Fotografía

La fotografía, un campo tan amplio a la vez que fascinante. El reto, conseguir captar una visión fugaz que, a veces, se antoja huidiza.

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Relatos

Una de las cosas que más me atrae de la literatura, es la simplificación de un concepto al grado más sutil, las palabras. De ahí que me gusten las ideas rápidas y los relatos cortos. Aunque quien sabe, quizás algún día acabo escribiendo un libro. Mientras, uno de mis relatos como muestra.

El último engranaje

La noche caía, y cada vez era más oscuro el paisaje que se dejaba ver a través de los surcos que las juguetonas lágrimas de lluvia iban abriendo en el empañado cristal. La estancia, llena como siempre de libros desordenados y diagramas a medio anotar, mostraba una imagen más caótica de lo habitual. El ya medio roto armario donde antaño se clasificarán cientos de engranajes perfectamente agrupados por tamaños y medidas, se encontraba sumido en una indivisible maraña de metal imposible de separar. A su lado, el gran estante había perdido casi la totalidad de sus libros y la mayoría de estos de acumulaban entreabiertos por el suelo de la habitación, a excepción de algunas hojas arrancadas por el tiempo que aún pugnaban por permanecer en lo alto del mueble.

El profesor, como de costumbre, permanecía sumamente atareado, acomodado en su silla con los codos apoyados en la abarrotada mesa de trabajo. Sus manos se movían de forma precisa pero con cierto temblor no típico en él. Solía ser un hombre tranquilo y metódico, y pese a no haber dejado de lado su extremo cuidado para con su trabajo, parecía trabajar a contrarreloj. No obstante, con mucho esmero, iba encajando cada una de las piezas que tenía perfectamente dispuestas a su lado, y poco a poco fue ensamblando la máquina más perfecta que nunca quiso tener que crear. Hora tras hora, el objeto iba cogiendo forma, cada vez más similar a todas esas fotos y dibujos que aún permanecían a la vista en muchas de las amarillentas páginas que, de alguna forma, adornaban las oscuras baldosas.

De forma súbita, el hombre se levanto lanzando la silla hacia un lado con una energética violencia extraña en él. Sus ojos, abrumados por el agotamiento, empezaban a humedecerse inundándose de esperanza, a la vez que con avidez, introducía virtuosamente el invento en su bolsa de viaje y salía a toda prisa de su particular laboratorio. La calle, completamente sumergida en la penumbra, restaba pobremente iluminada por la tenue luz de los pocos farolillos que aún luchaban por funcionar. Los pasos del profesor eran firmes y decididos, sin ningún tipo de torpeza ni falta de equilibrio, algo poco atribuible a las largas horas de sueño que el hombre arrastraba desde hacía semanas.

Pese a que cada vez notaba más dificultoso el respirar, su ritmo, lejos de aminorar, se avivaba con cada paso, intentado superar cada unas de las sinuosas calles que se presentaban frente a él, marcadas por la extraña sensación de ser cada una más larga que la anterior. Finalmente, al girar una última esquina, pudo divisar la entrada del gris edificio que marcaba su meta. Casi con tropiezo, abrió la acristalada puerta y cruzó la recepción del hospital sin apenas mirar al personal que allí se ubicaba. Subió ágil las amplias escaleras de mármol hasta llegar a la segunda planta. Viró entonces a su derecha, abriéndose paso a través de uno de los tres largos pasillos que conformaban la estructura del recinto. Atrás dejaba decenas de puertas ausentes que encerraban la tristeza de otros. Paró en seco. Se detuvo un momento contemplando aquella puerta. Una puerta que había cerrado dos meses atrás con la osadía de cumplir su palabra, una palabra loca e imposible. Apoyo su mano en el pomo y empujo con sigilo y delicadeza. Sutilmente, fue internándose en la pequeña sala, a la vez que sus pupilas se iban acomodando a la poca luz de aquel nuevo ambiente. Con un andar silencioso, se acercó a la blanca cama y, al tiempo que sacaba su obra de la bolsa, susurró:

– Lo he conseguido.

Pero nadie contesto. El profesor lo notó entonces al ver la seca rosa que se retorcía en la mesilla de noche. No había llegado a tiempo. Y fue en ese instante cuando pequeños cristales empezaron a surgir de sus rojizos ojos, resbalando por sus mejillas para precipitarse al vacío y chocar contra aquel hermoso corazón mecánico que sostenía entre sus manos y que había perdido toda su razón de ser.

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Ilustrado por Elena Cruz

Música & movimiento

Otras de mis grandes pasiones son la música y el trabajo audiovisual. Aquí un par de trabajos recientes donde audio y video han sido creados desde cero.

* El diseño de los personajes fue realizado por Laura Garret